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Vida Donde Hay Muerte - Predica

  • tefyveg
  • hace 23 minutos
  • 2 Min. de lectura

Lectura: 2 Reyes 4:38-41

Pastora Belkis Fernández, D.Min.


El profeta Eliseo neutralizó un veneno que traía la muerte en la olla. Muchos de sus seguidores morirían. Esa olla estaba destinada a alimentar a los hijos de los profetas que eran discípulos, estudiantes y aprendices de él.


El profeta tenía un buen corazón y le dijo a su criado: «Prepara una comida para mis estudiantes en una olla grande». Había una gran hambruna. Uno de ellos fue al campo y trajo calabazas silvestres envenenadas, pero él no lo sabía. Daba la impresión de ser buenas calabazas. Al servir el guisado, gritaron: «¡Hombre de Dios! Este guisado está envenenado». Eliseo le dijo: «Tráiganme un poco de harina; la arrojó en la olla y dijo: “Ahora está bien, sigan comiendo y ya no les hará daño”».

No había nada purificador en la harina que Eliseo puso en la olla. La verdadera purificación fue una obra milagrosa de Dios.


¿Qué salimos a buscar? ¿Puede su Espíritu Santo inhibir lo que daña nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu? ¡Cuántos desafíos ponen en riesgo la vida humana! He visto que incluso un examen médico para diagnóstico, una intervención quirúrgica o cualquier comida puede llevar a la persona a la muerte, sin imaginar lo peor. ¿Cómo podemos desactivar los planes del enemigo de la justicia?

Hoy tenemos la Escritura como el manual de vida. Hay promesas de parte de Dios que, si servimos en la evangelización, aun si bebemos cosas mortíferas, no nos harán daño.


Si hay muerte en la olla, acude a aquel que inhibe todo mal y puede librarnos de la muerte: a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.


El Señor mismo vio una higuera que parecía saludable, pero luego la maldijo. A veces caemos en el error de las apariencias. Las apariencias sin fruto no funcionan en la vida cristiana. ¿Qué tenemos en nuestra olla?


Cuidado con lo que oímos, con lo que vemos, con quiénes nos juntamos. Puede que, sin saberlo, nos intoxiquemos. No te dejes engañar; pide discernimiento y sabiduría para tener una buena mayordomía del cuerpo y de la mente. El reto es ser heraldos: que caminemos con el antídoto en nuestras manos y digamos: «Está bien… ya no les hará daño». Que seamos obedientes para que el Señor active las señales que seguirán a quienes proclamen el evangelio de Jesucristo.

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